Cochabamba: del recuerdo de lo más alto a su derrumbe y abandono

Un día como hoy -de hace seis años- la canadiense Kelsey Mitchell se daba a conocer al batir el récord del mundo de los 200 metros, lo mismo que al día siguiente lo hacían Nicholas Paul y Ashton Lambie, con las plusmarcas de la misma distancia y de los 4.000 metros, respectivamente.

Mitchell celebra su récord del mundo. Canada Cycling

Y sobre todo daban a conocer Cochabamba, en concreto el velódromo de Cefed o Villa Suramericana, escenario en aquellos días de los Campeonatos Panamericanos 2019, del que poco más se sabía que la altitud de esta ciudad boliviana, 2.500 metros, aunque la ‘geometría’ de la instalación, construida por Peter Junek, posibilitaba esas sensacionales marcas. De hecho, el velódromo comenzó a tener esa aura de recinto ideal, mucho mejor que el de Aguascalientes, y más cuando Dan Biggam y sus ‘Derbados men’ se plantearon afrontar varios récords del mundo allá, en una iniciativa que fue cortada de raíz por la pandemia.

Pero el mito de Cochamaba se derrumbó, en sentido literal, cuando se conoció la existencia de un grave daño estructural, debido a que fue construido en un terreno inestable por la existencia de filtraciones de agua. La pista de madera de 250 metros se hundió en un par de lugares, resultando inutilizable para competiciones y entrenamientos, un estado agravado por las goteras y el desprendimiento de partes del techo, con apuntalamiento de varias paredes rajadas, por lo que el velódromo fue precintado hace dos años.

Lo más grave no es que el velódromo esté cerrado, sino que cualquier iniciativa para su reparación está paralizada. Y es comprensible: El coste estimado para estas intervenciones es de 4 millones de bolivianos, unos 500.000 euros, mientras que el presupuesto anual del Viceministerio de Deportes, principal responsable administrativo, es de apenas 5 millones de bolivianos.

Actualmente se han realizado las correspondientes inspecciones que han determinado claramente las actuaciones que se deben realizar: eliminar las filtraciones y reforzar el terreno para evitar futuros hundimientos, instalación de una nueva pista de madera, y reparar paredes rajadas y techos derrumbados, así como el sistema eléctrico afectado por estos daños estructurales. Pero nada más. Y por supuesto, con el grave riesgo de que los problemas se agraven y la instalación colapse definitivamente si no se destinan fondos y acciones concretas para su rehabilitación.

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