Balance de los pilotos internacionales en las Keirin World Series, una experiencia que debe contemplarse desde la mentalidad japonesa

He querido dejar pasar unos días para ver si se publicaba algún balance oficial o autorizado de lo que han sido las Keirin World Series. Hasta que me he dado cuenta de que ni lo había ni lo iba a haber, principalmente por la razón de que no se considera una competición como tal y, por o tanto, tampoco es susceptible de un análisis pormenorizado más allá de las cifras habituales en el keirin japonés: número de victorias logradas o ganancias. Y en este caso, una mera suposición ya que tampoco se han publicado cantidades ganadas por los seis ‘internacionales’ y hemos tenido que recurrir a una estimación bastante bien orientada -y muy trabajada- de la web europea Global Keirin.

Los seis 'internacionales' en la presentación oficial, en junio

Pensar en las KWS como una competición de conjunto ha sido un craso error por mi parte: simplemente han sido dar la oportunidad a unos pilotos internacionales de conocer desde dentro lo que es el keirin japonés, en la línea de la tradición anterior al ‘cierre de fronteras’ por el Covid. Solamente que esta vez, con el beneplácito de la UCI, posiblemente para terminar con cualquier tipo de alternativa tipo DerbyWheel, se ha querido invitar a los mejores, pero sin ninguna pretensión de calibrar su nivel respecto a las estrellas niponas. Por ello la declaración realizada con ocasión del acuerdo firmado con la JKA -“refleja el objetivo compartido de la UCI y la JKA de promover a los atletas y aumentar la visibilidad del ciclismo en pista”- nos sonrojaba entonces y sigue provocando hilaridad siete meses y medio después. Entre otros motivos, porque la UCI no ha dado la más mínima difusión a esta aventura, que es un término mucho más adecuado.

En Japón, la difusión inicial fue muy interesante: realmente había expectación por verlos. Y se ha mantenido un buen tono promocional, en especial con la celebración de algunos actos protocolarios públicos previos a cada competición, buscando sobre todo la presencia de público en los velódromos. Pero deportivamente, la repercusión ha sido escasa. Y perfectamente comprensible desde esa filosofía del keirin japonés, no del deporte internacional, en lo que luego incidiremos.

Lavreysen, en una de sus victorias

No me gusta usar la expresión vacaciones pagadas, a la que algunos han recurrido, aunque todos y cada uno de los deportistas aludía en las entrevistas previas a sus planes de ocio y turismo, por otro lado, perfectamente comprensibles en una oportunidad como esta. Y es que, entre seis y siete competiciones de tres días, con una carrera diaria, en tres meses de estancia, no era un ‘planning’ demasiado exigente. Incluso buena parte de ellos han gozado de varias oportunidades para regresar a sus países para realizar otras competiciones o actividades preparatorias o simplemente para desconectar. Es probable, incluso, que estos viajes también estuvieran incluidos en sus contratos y pagados en las mejores condiciones.

Y si no lo estaban, tampoco importa mucho, vistas las ganancias. Según esa magnífica aproximación de Global Keirin, Harrie Lavreysen se llevaba casi 80.000 euros; Harry Truman, algo más de 75.000, mientras que Matthew Richardson, debido a esa pronta renuncia, algo menos de 18.000. Entre las chicas, con esa brutal desigualdad de género que caracteriza al keirin japonés, algo más de 26.000 para Ellesse Andrews, casi 20.000 para Hetty Van de Wouw y algo menos de 18.000 para Mathilde Gros.

Desde el punto de vista occidental, me hubiera gustado ver a los mejores especialistas nipones medirse al menos una vez contra los internacionales. En el caso de los hombres fue imposible por la dinámica del keirin japones, ya que todas las pruebas en las que intervinieron eran de clase F1 es decir, sin presencia de los nueve mejores pilotos de la temporada. Y en la única G3 en la que podrían haber participado, no lo hicieron, por lo que nos quedamos con las ganas de ver ese enfrentamiento… que no estaba previsto en las intenciones de la JKA.

Y fue una lástima -insisto, desde nuestro prisma-, no haber visto a un Lavreysen perfectamente adaptado desde el primer día medirse con los mejores. Su balance en Japón es excepcional, ya que ganó 18 de las 19 carreras en las que intervino, lo que se tradujo en cinco torneos, cediendo sólo en el de la máxima categoría -sobre el papel- el G3 de Wakayama. Truman fue el ganador ese día -y ello se tradujo en un incremento importante de sus ganancias-, en lo que fue su única victoria, en una trayectoria en la que fue a más… aunque se supone que no debería haber tenido problemas de adaptación al ser el único de los tres que había estado en dos ediciones anteriores.

Por su parte Richardson fue la cruz. En las primeras pruebas se le vio falto de adaptación, no sé si por el uso de desarrollos diferentes o por el contacto físico. El caso es que su aventura japonesa acabó mucho antes de tiempo precisamente por un ‘contacto’… aunque fue más parecido a una agresión que a un lance del juego. El caso es que se tuvo que volver a casa con una fractura de escápula de la que no se dijo absolutamente nada en esos días, aunque todo el mundo sabía que su lesión no era una minucia. Y además sin ningún torneo ganado y con un botín muy inferior al que debería haber cosechado. No poder competir en los Juegos de la Commonwealth fue otra consecuencia colateral de esa lesión.

Un acto promocional en Kokura

Si bien es cierto que de las diez carreras que componían las KWS, cuatro se las llevaron pilotos japoneses, creo que en el futuro debería incrementarse el número de carreras G3 para que existan varias posibilidades de que los ‘internacionales’ se puedan medir a los mejores corredores nipones… aunque es algo que no sucederá tampoco en 2027.

Entre las féminas, Andrews rindió incluso a un nivel superior que el del neerlandés, ya que ganó los seis torneos que disputó -aunque uno de ellos compartido- y sólo cedió en una de las 19 carreras en que participó. Sus compañeras se llevaron dos pruebas cada una y tan sólo una de las carreras se quedó en Japón, la que se llevó Mina Sato en Tachikawa, aunque todos sabemos quien es esta corredora a nivel internacional: sus dos ‘arco iris’ no engañan.

El caso de las féminas es muy diferente ya que al no haber categorías -ni de corredoras ni de pruebas- siempre había alguna rival de renombre. Desgraciadamente se vio que, salvo Sato, el nivel de las mejores niponas está muy lejos del de las ‘internacionales’. Quizá en este caso, la mejor solución vendría de categorizar a las mejores corredoras siguiendo los mismos parámetros que los hombres -es decir, haber competido el año anterior en el Grand Prix-, y que en estas pruebas de las KWS hubiera más corredoras de nivel. Y, por supuesto, que se corrigiese esa brecha económica. 

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